RAZÓN Y ESCRITURA EN DON SEM TOB

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RAZÓN Y ESCRITURA EN DON SEM TOB

AGUSTÍN GARCÍA CALVO
Jornadas Extremeñas de Estudios Judaicos
Hervás, 16, 17, 18 y 19 de marzo de 1995

Recitados de AGC


          Dice don Sem Tob: «sin embargo, lo que hables, si no queda escrito, en caso de que en ello veas conveniencia tuya, después lo negarás»:

1781 pero lo que fablares,

 si escribto non es,

 si y tu pro fallares,

 negarlo has después.

          «A veces hay lugar a negar lo que se dice; pero, si está dicho, no se puede negar»:

1785 Negar lo que se dize,

 a veces ha logar;

 más, si escribto yace,

 non se puede negar.

          «La palabra a poco tiempo que pase se olvida; la escritura queda guardada para siempre; y la razón que no está puesta en escrito es tal como flecha que no llega al blanco: los unos lo cuentan de una manera, los otros de otra; nunca de la investigación que de ella se haga resulta efecto cierto; de los que allí estaban, pocos se acordarán de cómo fue lo que oyeron, y no se pondrán de acuerdo»:

1789  La palabra a poca

  sazón es olvidada;

  et la escritura finca

  pora siempre guardada;

1793  e la razón que puesta

  non yace en escrito,

  tal es como saeta

  que non llega al fito;

1797  los unos, d’una guisa

  dizen, los otros d’otra;

  nunca de su pesquisa

  aviene çierta obra;

1801  de los qu’y estovieron

  pocos s’acordarán

  de cómo lo oyeron

  et non conçertarán.

            «Sea violenta, sea dulce, la palabra es tal como sombra que pasa y no deja señal. No hay lanza que burle toda clase de corazas ni que traspase tanto como lo hace la escritura»:

1805  Siquier brava, quier mansa

  la palabra es tal

  commo sombra que passa

  en non dexa señal;

1809  non ha lança que false

  todas las armaduras

  nin que tanto trespase

  como las escribturas:

          «Que la saeta se dispara hasta un blanco determinado, y la letra alcanza desde Burgos a Egipto; y la saeta hiere al ser vivo capaz de sensación, y la letra conquista, así en vida como en muerte»:

1813  Que la saeta lança

  fasta un cierto fito,

  et la letra alcança

  desde Burgos a Aigibto;

1817  e la saeta fiere

  al bivo que se siente,

  et la letra conquiere

 en vita o en muerte;

            «La saeta no llega más que al que está presente; la escritura llega hasta el que está ausente al otro lado del mar; de una saeta le defiende a uno un escudo: de la letra ni el mundo entero puede defenderlo.»

1821  La saeta non llaga

   si non es al presente:

   la escritura llega

   al d’allen mar absente;

1825  de saeta defiende

   a omre un escudo:

   de la letra no l’puede

   defender tod’ el mundo.

 

         Este es el pasaje. No he querido interrumpir este ejercicio de hacer vivir, aunque sea por un momento, al castellano del siglo XIV, al viejo castellano, pero, por supuesto, hay unos cuantos puntos que merecen nota.
Desde luego, la desconfianza de la escritura por parte de nuestro judío es, como se ve, proclamadamente práctica, astuta, comercial, diríamos. Efectivamente, esto se ve sobre todo respecto a la actividad lógica por escelencia, que es la negación: él encuentra que negarse lo que se ha dicho, lo que se ha pronunciado, cabe, pero que lo que yace escrito (está pensando sin duda en documentos) no se puede negar: la negación lógica ya no actúa sobre ello. Noten que esta vida de la negación es esencial respecto a la relación que establezco entre la lengua hablada y la vida. Es el elemento lógico por escelencia, la negación, que al mismo tiempo podemos llamar raíz y fuente de vida.
El habla, como ustedes han visto, está abierta a la contradicción: unos lo refieren de una manera, otros de otra, y la memoria queda efectivamente convertida en una red de contradicciones. La escritura pretende fijar y uniformar esas contradicciones, acabar con ellas. Los últimos versos hablan del alcance de la escritura y de lo que puede herir al vivo y al muerto, como se dice al final, al ausente y al presente.
No se engañen ustedes cuando ahora pasemos un poco a la actualidad; porque hoy podríamos pensar que, siguiendo un poco la falsa profecía del profesor McLuhan, se diría que no es tanto el dominio de la escritura como el de los medios audiovisuales y la televisión el que costituye el dominio y que alcanza de Burgos a Egipto, y mucho más que eso, y alcanza al presente y al ausente, al vivo y al muerto, sobre todo si pensamos que los televidentes están muy dudosamente vivos, desde el momento que son tal cosa como televidentes. Pero no hay que engañarse: porque no es verdad que los medios audiovisuales sean una innovación esencial, sino que son una mera prolongación de esta labor de la escritura; todos ellos, con filmación de imágenes, con grabación de un tipo o de otro, se oponen a la lengua hablada, a la lengua viva, de la misma manera que en los versos de Sem Tob se opone la escritura.
Una cosa a la que, por supuesto en los versos de Sem Tob no se alude y a la que no hemos aludido todavía, y que tiene relación con muerte y ley, y, en cambio, palabra hablada, verbo hablado, en relación con eso desconocido a lo que aludimos como vida, es esta otra cuestión social, la que está relacionada con ello, seguramente a casi todos ustedes, especialmente a los no investigadores, los que nos han hecho el honor, nos han dado el gozo de venir desde el pueblo directamente, seguramente les tienen engañados haciéndoles creer que eso del lenguaje es algo del mismo orden que la Cultura y, por tanto, que los libros. Conviene, por tanto, insistir en la falsedad de esta sugerencia y mostrar hasta qué punto llega la oposición.
La escritura ha sido siempre de los señores, de los señores y de sus oficiantes, y de sus sacerdotes. Siempre ha estado allá arriba, en los cultos del Poder, en el palacio, en las cuentas ocasionalmente de los palacios, que son los primeros testimonios de las culturas micénicas y, mucho antes todavía, los primeros testimonios de las escrituras de sumerios y asirios y otros pueblos mesopotámicos, en los palacios o en los templos, siempre han estado allí, esto segundo de la manera más característica con los egipcios y el sacerdocio destinado de una manera específica a la escritura. Y, durante muchos siglos hasta la actualidad, parece que la escritura era un privilegio que se reservaba por lo menos en cierta medida para las clases altas. La escritura pertenece a la Cultura. Es de la parte de arriba, de la parte superficial de nuestras almas, y lo mismo que pertenece a los señores pertenece a esa parte superficial o superior de nuestras almas.
Es, consiguientemente, cosa relativamente moderna: en el caso de las estimaciones más avanzadas, podemos decir que la ocurrencia empezó hace diez mil años apenas, si es que se llega a contar como escritura la aparición de las piececitas, de las prendas de barro, representando ganados y agrupadas en ánforas en varios puntos de la Mesopotamia; diez mil o, si no quieren ustedes aceptar esto como escritura, ocho mil años: una cosa reciente.
Pero el lenguaje no tiene que ver nada con la Cultura; está por debajo de todo eso, no pertenece a nuestras facultades superiores, no sabemos cómo hablamos. El lenguaje funciona de una manera ajena a nuestra conciencia y a nuestra voluntad, a las llamadas facultades superiores. Cuando la conciencia y la voluntad intervienen, el lenguaje, la gramática del lenguaje empieza a chirriar y se habla mal, se empieza a hablar mal por la intervención misma de conciencia y voluntad. Está por debajo de todo ello.
Consiguientemente, es mucho más profundo también, considerado desde el punto de vista cronológico. Supongamos que hacemos caso a la Ciencia, cosa que me hace poca gracia, pero bueno, de momento, a beneficio de inventario, utilizando la Historia o la Ciencia, hagámoslo: según sus estimaciones serían, alrededor de los quinientos mil años desde que hablan las gentes por el mundo. Comprendan ustedes que los diez mil de la escritura y de la Historia entera son, casi nada, en comparación. Y esa desproporción conviene tenerla presente. Y eso es lo que está por debajo: es una cosa que, como gramático, a veces llamo, utilizando el término freudiano, con más precisión de la que lo utilizaba Freud, también más amplitud, la subcosciencia técnica. No pertenece a nuestras facultades superiores, ni siquiera es propiamente individual, sino esencialmente común, comunitaria, esta especie de subcosciente.
No es cosa de estendernos más en esto, pero les recuerdo que hay entre lo uno y lo otro una guerra incesante. El lenguaje no es de nadie, en ese sentido se puede decir que es del pueblo, en la medida que no sabemos qué es pueblo, pero, desde luego, sabemos muy bien lo que no es pueblo, lo que se presenta falsamente como pueblo. No es de nadie, es común, de verdad, es lo único gratuito, no tiene que ver con el dinero: es el único bien humano que se le da a cualquiera y gratis, más gratis que el agua y que el aire; se da gratuitamente a todos, mientras que la escritura es de Arriba, es de los señores, es de las facultades superiores, y la Cultura es dinero, se compra y gana como dinero.
Y entre lo uno y lo otro hay una guerra incesante, que, a veces, me ha movido, cuando percibía una invasión desde la escritura, desde arriba, sobre el lenguaje hablado, a pronunciar un juramento como el que publiqué en un diario ilustre, en este país nuestro, ya hace dos años y pico, juramento de no emplear jamás, nunca más, ortografías que pudieran engañar a los locutores de radio y televisión, es decir, no escribir nunca más cosas como «exterior» y «transporte», porque me temía que a lo mejor lo iban a decir, como de vez en cuando lo dicen.
Eso es un ejemplo de cómo, desde arriba, en esta guerra, se puede llegar a infligir una cierta derrota a estamentos especiales, especialmente concienciados, como los locutores de radio y televisión. La gente nunca llega a caer en semejantes escesos: nadie dice «ek-sterior» ni «tra-n-sporte», ni cosas por el estilo hablando con su vecino.
Tienen ustedes un ejemplo eximio de esta invasión de la escritura sobre la lengua hablada, una pequeña derrota en esta guerra: lo tienen ustedes en el programa de estas Jornadas y en el cartel mural que tienen ustedes por todas partes: ahí se van a encontrar ustedes escrito extremeño y Extremadura, me parece que cuatro veces, con ‘x’, como está mandado. Por supuesto ninguno de ustedes ha dicho jamás ek-stremeño ni Ek-stremadura. Esto ha sido siempre estremeño y, en algunos casos, ehtremeño, pero desde luego ekstremeño jamás. Sin embargo, no ya solo los organizadores de estas Jornadas, sino ustedes en general obedecen: se lo han enseñado en la escuela y dicen «pues habra que escribirlo con x, porque nos lo mandan». Esto es un ejemplo de imposición desde arriba, de la escritura sobre la lengua; y supongo que el ejemplo es lo bastante elocuente para que no haga falta insistir más.
Sin embargo, sí, hay siempre un ascua bajo la ceniza; nunca la muerte es perfecta. Ella se cree que sí, y los señores se creen que sí, cuando practican la administración de muerte; pero nuestro aliento de vida es que nunca es perfecta; nunca el Dominio se establece de una manera enteramente cerrada, y nunca, por ejemplo la cultura del libro, de la letra, del poder, puede llegar a apagar del todo las brasas vivas, las ascuas que están en eso que no sabemos qué es y que llamamos pueblo y que está, sobre todo, en el lenguaje comente.
De la letra, a pesar de todo, gracias a esa imperfección, puede de vez en cuando resucitar el verbo, por decirlo de una manera solemne. Puede volver a surgir fuego o, por lo menos, a echar chispas, como suele decirse, con nuestra locución. También las letras pueden echar chispas, y esto ya es algo muy apreciable.
Respecto a esta posibilidad va una segunda lectura del libro de don Sem Tob, que es la lectura referente a una técnica de escritura muy especial, que a él le hacía especial gracia, y a la que daba mucha importancia, que es la que él llama escritura de tisera, es decir, una escritura hecha no con cálamo, no con pluma, sino con tijera, dejando en hueco los rasgos de las letras. Es dudoso si Sem Tob estaba pensando en letras hebraicas o en letras latinas o incluso arábigas. Sabemos que se manejaba muy bien en las tres lenguas: respecto al árabe lo conocemos como traductor en Soria de los preceptos de Israelí, entre otras cosas, traducidos del árabe al hebreo. Y bueno, no sabemos qué forma de letras imaginar, es muy posible que las hebreas, porque algunos de los manuscritos más viejos, el más viejo que tenemos de él, está justamente, aunque en castellano, escrito en letras hebraicas. Pero es lo de menos, lo que importa es que se trata de letras en hueco y el manejo que él hace de esta manera de escribir en hueco es lo que merece ahora nuestra atención.


He separado estos versos del cuerpo de las ‘Glosas’ donde estaban indebidamente insertos en la tradición, y figuran como el número 4 de mis ‘Otras rimas’ de don Sem Tob, al que titulo ‘Escarnio del escrito de tijera’:

          «Un desgraciado creía que era por demostrar lo ingenioso que era yo por lo que le enviaba un escrito hecho a tijera.»

IV.1  Un astroso cuidava

  que por mostrar que era

  sotil yo l’ enbiava

  escripto de tisera.

          «El necio de él no sabía que lo hacía en son de mofa, porque no quería yo desperdiciar con él tinta»:

5      El necio non sabía

que lo fiz’ por refierta

porque yo no quería

perder en él la tinta;

          «Pues, por no demostrarle aprecio, hice vacío lo lleno, y no le quise regalar el papel bueno y entero»:

9      ca, por no le deñar,

fiz’ vazía la llena,

e no l’ quise donar

la carta sana buena.

         «Como aquel que cogía para él los meollos de las avellanas y le daba al otro las cáscaras vacías, así yo saqué del papel las razones que contenía: con ellas me quedé, y a él le dí papel vacío»:

13    Commó el que tomava

meollos d’avellanas

pora sí, e donava

al otro caxcas vanas.

17    yo del papel saqué

la razón qu’y dezía:

con ella me finqué

e díl’ carta vazía.

 

         Este juego con el vacío, a propósito del escrito de tijera, es lo que me interesa.
Por supuesto, ya ven ustedes que las motivaciones económicas no se callan en los versos, se ponen en primer plano: no quiere gastar con ese necio la tinta; no quiere tampoco regalarle un papel sano y entero que pueda usar para otras cosas. Pero todo el mundo ve que hay una motivación más profunda que esas motivaciones económicas, y que se pone de relieve cuando, al final, dice: «saqué de él la razón que en el escrito había y entonces le di papel vacío».
El desprecio de este astroso, de este necio, se manifiesta sobre todo en el sentido de que pretende darle palabras vacías, representadas aquí por la escritura de tijera, la escritura hecha con trazos en huecos: sacar de esas palabras la razón, razón, un término que nos va a ocupar un momento, porque es muy importante en castellano.
Ya saben que, aunque hoy no tanto, la palabra se usa para decir ‘palabras’, razones, palabras en fila, incluso un cuento en la Edad Media se puede llamar una razón (muchas veces llaman una razón a un poema narrativo, a un cuento), al mismo tiempo que quiere decir ‘razonamiento’ y ‘razón’, como nosotros lo decimos.
Es decir, que un poco al estilo del famoso lógos de los griegos, que fue también para los teólogos cristianos el verbo encarnado, abarca indistintamente lo que nosotros decimos la palabra, el lenguaje, y lo que decimos la razón, el razonamiento: lo uno va con lo otro.
A lo que antes aludía con el áscua, que a pesar de todo queda, era evidentemente a esto, a esta razón que don Sem Tob saca por medio de las tijeras de su escritura. Es decir, él confía en que está ahí. En qué consiste esta razón es algo que por desgracia no podemos (no tenemos tiempo si queremos hablar todavía un poco) desarrollar mucho, quiero sugerírselo nada más.
Cuando me ocupé de don Sem Tob, entre otras razones de este amor por este judío de Soria y de Carrión, cercano a mi tierra más o menos, entre otras razones estaba la de que encontraba en él resonancias heraclitanas evidentes. Me parecía, de una manera muy modesta volver a oir a Heráclito y, por tanto, lo que razón en Heráclito llamaba lógos, estaba haciendo, no lo que se dice de ella, lo que ella hace. En el libro y a pesar del libro, porque también Heráclito es un libro y, a pesar de ello, digo «lo que «logos», lo que el verbo, lo que la razón está en él haciendo.»
Para poder hacer algo la razón tiene que ser contradicción. De una manera mucho más esplícita en Heráclito, el pensamiento se presenta como tal, como contradicción, es decir, como manifestándose en las contradicciones de las cosas, y siendo contradictorio él consigo mismo en cuanto que, por ejemplo, está fuera de la Realidad (puesto que habla de ella, el lenguaje no puede estar dentro de la Realidad) al mismo tiempo que está dentro, puesto que todos los procesos llamados incluso naturales o reales, están manifestando, están como hablando, están manifestando la razón.
Bueno, también don Sem Tob, de una manera más modesta, ofrece sobre todo en el comienzo de sus Glosas de Sabiduría, algunas muestras de esta lógica de la contradicción que es para mí la vida misma de las palabras, a la que antes ya aludía a propósito de la negación.
Mi última lectura es de los versos 229 y siguientes de las Glosas, donde se desarrolla esto de la contradicción:


«Quiero, acerca del mundo y de sus costumbres y de cómo dudo de él, decir palabras bien atinadas; que no acierto a adoptar una norma ni inclinarme a ningún partido: cada día me vuelvo atrás de más de cien acuerdos»:

229  Quiero dezir del mundo

 e de las sus maneras,

e cómmo de él dubdo

palabras muy certeras.

233  que non sé tomar tiento

 ni fazer pleitesía:

 d’acuerdos más de ciento

 me torno cada día.

          «Lo que uno denigra, veo que otro lo alaba; que lo que éste adorna, aquél otro lo afea»

237  Lo que uno denuesta,

 veo otro loarlo;

 lo que este apuesta,

 el otro afearlo.

          «La vara de medir que el comprador dice que mide de menos, ésa misma dice que mide de más el comprador».

241  La vara que menguada

 la diz el conprador,

 éssa mesma sobrada

 la diz’ el venedor;

          «Al que arroja la lanza, le parece lenta, a pesar de que al que le alcanza, la juzga rápida.»

245  El que lança la lança,

 seméjal’ vagarosa,

 pero que al qu’alcança

 tien’la por pressurosa.

          «Dos amigos harían cinturón de un anillo, en el que dos enemigos no podrían meter un dedo meñique.»

249  Farían dos amigos

 de un anillo

 en que dos enemigos

 non metrién un dedillo.

          «Por la misma razón por la que uno hace algo, otro deja de hacerlo; con lo que a mí me da mucho placer, otro sufre; en donde Lope saca ganancia, Rodrigo se empobrece; con lo que Sancho se cura, Domingo enferma.»

253  Por lo que éste faze

 cosa, otro la dexa;

 con lo que a mí plaze

 mucho, otro se quexa;

257  en lo que Lope gana,

 Rodrigo empobrece,

 lo que Sancho sana,

 Domingo adolece.

            Siguen todavía bastante muestras de contradicción. Les recomiendo que, si se sienten un poco movidos a ello, las lean por su cuenta, pero bastan éstas para mi propósito presente, que era el de sugerirles que la vida del lenguaje, que, en la primera parte de esta esposición, relacionaba con la negación, ahora se esplicita en cierto sentido más, al mostrarse como esencialmente contradictoria.
En relación con lo que he dicho antes, si la escritura, la Cultura, el Sistema, el Poder fueran perfectos, hubieran alcanzado su ideal, entonces sería verdaderamente el «apaga y vámonos», el «no hay nada que hacer»: es sólo la imperfección lo que permite que, efectivamente, por debajo de todo eso sigan latiendo y, de vez en cuando, destellando, ascuas de ese fuego que es la razón.
Es esa imperfección la que está sostenida por la inevitable contradicción que el lenguaje nos suministra. No hay nada perfecto, por fortuna (no voy a decir «gracias a Dios», porque eso, en mi intención, sería contraproducente: yo podría en este paréntesis intentar aludir con la palabra Dios, como hace el propio Heráclito, a la razón en marcha, pero sería sumamente ingenuo si hiciera esto después de la historia con que la palabra carga en las diversas religiones, y especialmente en las sublimadas, judaicas, musulmanas o cristianas; de manera que no diré «gracias a Dios»). Pero diré, efectivamente, que tenemos en la contradicción la garantía de la imperfección y, por tanto, la posibilidad de la vida, la posibilidad de que lo que se ha afirmado, incluso se ha escrito como ley, pueda sin embargo todavía negarse una y otra vez.
Porque, debajo de los señores, debajo del Poder, debajo también de las facultades superiores de cada uno, conciencia, de liberación, voluntad, está sin embargo la otra cosa que no es eso, está el pueblo, que no sabemos qué es pero sabemos qué no es, está esa subconsciencia técnica, el lenguaje mismo que se contrapone a la escritura.
Y es así gracias a eso, como, por debajo de y a pesar de escritura, Cultura, Literatura, Ciencia, y todas las jergas con que los señores tratan de domesticar el lenguaje vivo, por debajo de y a través de todo ello, puede de vez en cuando destellar el sentido común, que es lo mismo que la razón común que aquí he estado intentando hacer torpemente sonar entre ustedes.

 

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RAZÓN Y ESCRITURA EN DON SEM TOB

SERMÓN DE CLAUSURA


 

          Parece que en esto, que no suele llamarse sermón ciertamente, pero en cualquier discurso de éstos de clausura de unas Jornadas semejantes, lo que correspondería preguntarnos es qué hemos estado haciendo. Una pregunta que no soy el más adecuado para intentar responder, porque sólo he participado parcialmente en las sesiones, y, sin embargo, planteo: ¿qué hemos estado haciendo, tanto los ponentes como los curiosos que han participado de lleno en las Jornadas, como la gente del pueblo que habeis tenido a bien acompañarnos, por lo menos en las sesiones?
Por supuesto que se puede decir mucho bueno de lo que, a mi noticia, y en la parte que he estado presente, se ha estado haciendo por parte de los estudiosos, de los ponentes. Hemos tenido mucho para aprender en el sentido no sólo de la erudición, digamos, es decir, de la acumulación de saberes, esa ilusión tan dominante en nuestro mundo de que cada uno tiene que ir aportando su granito de arena para que entre todos hagamos el saber, la ciencia común, una ilusión torpe y sangrienta, (esto merece todas las denuncias: era lo que Juan de Mairena, en el libro de Machado denunciaba, diciendo: «Lo que sabemos entre todos, eso es lo que nadie sabe»), no sólo en el sentido de la erudición, del saber: en el sentido de otra cosa que me interesa mucho más, que es la investigación, tomando la palabra de la manera más etimológica posible, es decir, la busca y rebusca de las huellas de algo perdido y, sobre todo, de algo oculto, tapado, precisamente por los saberes, por los falsos saberes —por hacer un poco de redundancia—, porque me permitiría decir que todos los saberes son falsos; mientras que, en cambio, este movimiento al que llamo investigación, podría no tener por qué caer bajo la misma condición. Digo, pues, que sin duda mucho hemos tenido que aprender, no ya en cuanto a saberes y erudición, sino en cuanto a investigación, en el sentido que la propongo, por parte de los estudiosos, hebraístas en especial, que han participado en estas Jornadas, desde el ejemplo, verdaderamente ejemplar, del profesor Haim Beinart, que fue hace muchos años desde su Letonia natal a Israel, y desde Israel viniendo nada menos que hasta este estremo de Europa, este «rabo por desollar», que decía Antonio Machado, para recorrer estos pueblos de Estremadura, de los que él mismo nos hablaba el otro día, a la busca de datos, restos, con los que practicar eso que llamo investigación, desde él hasta nuestro Marciano de Hervás, que también, a su manera, ha practicado la investigación, en el sentido de desbrozamiento o negación o supresión de las malas ideas, lo cual lo refería tanto a la cuestión de las calumnias contra judíos como, incluso, a la propia existencia del barrio judío de Hervás, en la ruta en que nos acompañó, que es también otra forma de investigación negativa, y así podría irlo diciendo, yo pienso que en general, de los que han intervenido en estas Jornadas, que ha habido una verdadera labor de investigación, es decir, de corrección de ideas recibidas respecto a judíos, juderías, y también respecto a Estremadura, España y el mundo en general. Así desearíamos que fuera, sobre todo. Otro ejemplo es también cuando Díaz Esteban nos traía la figura de Daniel Rubení, que parece sumamente apropiada para desvirtuar cualquier idea que uno pueda tener de lo que es un judío, como él mismo ponía bien de relieve.
A estas cosas de carácter esencialmente negativo, como las que llamo investigación (y no voy a poder seguir derramando mis alabanzas sobre el resto de participantes, en parte porque no he podido verlo por mi parte tanto como habría querido), todo esto se puede decir, estas alabanzas nos podemos echar.
Pero sería infame, sería engañarnos a nosotros mismos, los propios estudiosos, y engañar a los participantes del pueblo que han venido a visitamos, el desconocer, el ignorar que todo esto se produce en un mundo, en una Realidad.
En esto no puedo detenerme: se da una contraposición entre lo que como gramático suelo contraponer como este mundo en el que tú y yo hablamos, este mundo inmediato, y la Realidad; la Realidad que no es el sitio donde se habla, sino aquello de lo que se habla y que está justamente costituida en gran parte por ideas. Hay una guerra entre lo uno y lo otro, y olvidarnos de que este encuentro se ha realizado en una Realidad social, cultural, bien determinada, sería, como digo, engañoso, infame en cierto sentido. Se ha dado esto dentro del dominio de la Cultura, que en la actualidad se ha convertido en la primer arma del Poder de los países llamados Desarrollados, en el Estado del Bienestar. No hay ejército, policía, ni ministerio de Justicia que en estos Estados pueda compararse en fuerza y en dominio con la Cultura, tenga a su nombre ministerios o no los tenga, pero en todo caso es el arma principal. No se olvide que llamo Cultura a todo lo que debo, con la televisión a la cabeza, el primer órgano cultural.
Sería olvidarnos, pues, de que estamos en medio de este dominio de la Cultura. Este dominio de la Cultura es, al mismo tiempo, el dominio del Dinero.
Como a ustedes se han hartado de decirles los ideólogos, hemos llegado al final de las ideologías, como si el Dinero no fuera una. Efectivamente, ha habido un reemplazamiento de las otras por la única del Dinero. Este Dinero es el que promueve y sostiene, por supuesto en primer lugar, los congresos de ejecutivos, ejecutivos de Dios que tratan de sus negocios y que tienen para eso salas por todos los hoteles de cinco estrellas del mundo, salas dedicadas a que se reúnan y lleven a cabo esas famosas discusiones donde se deciden los destinos del mundo y del Dinero, esas discusiones en las que no puedo ni siquiera pensar sin caerme aquí mismo de aburrimiento, pero que para eso están, para cumplir esa función, sí, pero también, de una manera secundaria y complementaria, promueve y sostiene reuniones de otro orden, entre las cuales habría que incluir estas Jornadas y este encuentro. También esto al Dinero le interesa; porque es preciso que haya reuniones de cualquier cosa, que haya reuniones de espertos en numismática, de discutidores de la generación poética de esta generación o de la otra, todo lo que les pueda parecer más inútil; porque también este capítulo de las discusiones de especialistas sobre cuestiones nítidamente culturales, el Dinero estima que son una inversión. Si no (no nos engañemos) no estaríamos aquí.
No tengo por qué citar los organismos que en este caso representan lo que llamo Dinero y que han sostenido estas Jornadas, esto es evidente. Se piensa que cualquier cosa, por alejada que parezca de los negocios, es también útil para darle fuerza a este Dinero astracto del que vengo hablando. Se espera allá en lo Alto que también lo más inútil, lo más puro, lo más especial, le rinda, que sea rentable, que sea, como ellos dicen, una buena inversión.
Que se engañen o no es otra cuestión pero, por supuesto en la intención de esa promoción cultural está rigiendo esto. Esta es la última forma de dominación del pueblo a la que llamo Dinero.
El Dinero es, al mismo tiempo, en este sentido, la última forma de Poder (la última porque es la actual, del Futuro no sé nada; el Futuro es cosa de Ellos), y es (y ahora voy a blasfemar en las tres religiones al mismo tiempo, en judaico, en arábigo y en cristiano) es la última cara de Dios. Me valgo de esa presentación de la cara de un monarca en la moneda, que es tradicional, y pongo en lugar de ese monarca terreno, el monarca celestial como corresponde. Es la última cara de Dios; eso es el Dinero.
Y por acá abajo, la gente, lo que tenemos de gente por debajo de la persona de cada uno, sabe que nada puede, nada es compatible con el Dinero; que hay una enemistad sin transigencia, sin paz: nada bueno, nada palpable, nada rico, nada sustancioso, nada que sea vida puede ser compatible con el Dinero. El Dinero convierte todo eso en una astracción, es decir, en unos sustitutos de lo mismo, que se vende en el lugar de aquellas cosas palpables que se supone que antes había. Esto es lo que decía que sería un poco infame olvidar.
Para terminar, tengo una vez más que volver al «sin embargo»; porque, si no, tampoco sería esacto, aparte de que a ustedes a lo mejor les parecía mal, si termino de esta manera, a lo mejor acababan enfadándose conmigo; pero no sólo por este temor, sino porque no sería esacto. Sin embargo, este proyecto de dominio cultural no es tan perfecto ni tan cerrado como los ejecutivos de Dios, del Dinero, se lo creen.
No es tan perfecto este dominio, caben siempre imperfecciones, caben equivocaciones. Quiero decir que ni todo el mundo del Desarrollo ni toda la Realidad que se nos vende en lugar del campo inmediato en que tú y yo hablamos, ni tampoco toda la Realidad de cada uno de nosotros mismos, que por fortuna siempre somos contradictorios, ambiguos, vagos y perdidos (más o menos, ni lo uno ni lo otro) está del todo hecho, definitivamente cerrado; no es tan firme, tan definitivo.
Como antes sugería, a propósito de la escritura, hay por debajo de todo ello una especie de razón común, que es el lenguaje del pueblo, y aquello de pueblo que queda por debajo de cada uno de nosotros.
Esta razón es la que va destruyendo ideas, puesto que el Dominio se asienta necesariamente sobre la mentira, sobre la falsificación (no hay otra forma de dominio posible), es decir, sobre la imposición de ideas.
Este razonamiento que viene de abajo va continuamente destruyendo, desvirtuando el poder de esas ideas, acabando con él. Y, cuando antes, al principio, aludía y alababa a los participantes respecto a la investigación, estaba aludiendo a esa confianza de que también aquí, estos días, la razón, el sentido común, por el medio de la erudición y más o menos de acuerdo con ella, ha estado sirviendo para este fin de destruir, de desvirtuar las ideas: la idea de ‘judío’, por ejemplo, también la idea de ‘estremeño’ o de ‘Estremadura’, en segundo lugar, y cualquier otra forma de ideas de las que pudiéramos considerar dominantes.
Me gustaría poder decir que mucho de esto se ha estado haciendo aquí estos días.
Y con la formulación de este deseo doy por concluidas estas Jornadas.

 

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